Qué vacío queda todo las noches en las que desertas de la batalla.
Abrazo fuerte los cojines verdelima rectangulares, que ahora tienen un interrogante en la cara y me miran desde el suelo preguntando dónde estás esta noche y que han absorbido el olor de tu pelo como esponjas y sonrío mucho enseñando todos mis dientes ( que Dios me dio todas las sobras cuando me hizo los dientes, dice mi padre) cuando se me mete tu olor en el cuerpo.
Me pongo triste pensando en el vacío de la cama diminuta, y me noto los brazos inútiles si no puedo agarrarme muy fuerte a ti para quedarme dormida oyéndote hablar.
La ciencia del sueño
jueves, 11 de marzo de 2010
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