martes, 13 de septiembre de 2011

Cachito, cachito, cachito mío...

La pequeña Afriquita, de mofletes regordetes siempre se ha parecido a su padre; tienen la misma boca, la misma nariz, las mismas manos, los mismos pies y ha heredado la misma tendencia a la celulitis de sus tías. Es tranquila, comprensiva y demasiado buena. Le tiene miedo al mar y a las tormentas. Como él.

Àfrica que ahora ya es un poco mayor y echa de menos sus mofletes ha descubierto hoy por qué tiene los ojos marrones, como su madre. Se ha oído a ella misma llorar, con la cara hundida en un cojín rojo. Y llorando de una forma que le era familiar. Creo que la palabra que define esa forma de llorar es sollozar. Llora como su madre, con la misma desolación y con la misma falta de apego a la vida. Por eso tiene los ojos marrones, porque son los de su madre.

Yo la he visto desde fuera y me he puesto a reír, porque la señora dueña de sus ojos una vez cuando era pequeña le dijo que la gente estaba triste a veces, intentándole explicar por qué una de sus primas siempre lloraba. "Ella está triste ahora, quizás cuando tú seas mayor estás siempre triste".

A veces parece imposible lo duraderas que son las marcas de fuego de las palabras.

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