Cuando mi espalda roza tu estómago suavecito, cuando tu nariz se hunde en mi pelo, cuando tus brazos calientes me rodean, cierro los ojos, doblo las rodillas en eso que de forma tan acertada llaman posición fetal y vuelvo. Vuelvo al calor, la comodidad y la seguridad originales.
Que te gires supone unas manos frías que me arrancan de ese estado de todavía no existir, de no ser, de no estar, de no padecer que tanto añoro. Por eso lloro. Con todas mis fuerzas, como si me diera el gustazo de hacerlo por primera vez.
Me arrancas de la hystera, me pongo ídem.
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